Ene 15
Azótame cariño
Bondage, sadomasoquismo y dominación: el placer de dar y recibir dolor en una relación.
En
Chile ya hay una academia ad portas y medio millar de personas que se
contactan a través de la red con códigos y normas estrictas. También
cunden los avisos y, cada vez más, las audaces experiencias personales.
Por Tania Tamayo | Fotografía: Carolina Vargas | Producción: Michelle Gravel | Agradecimientos: Palais Royal | Maquillaje y pelo: Maca Moreno para Tigi.
Román practica la dominación sexual. Pero él no domina, se deja
esclavizar por su pareja. Aspira a darle masajes, acompañarla a
vitrinear y convertirse en su chofer privado. Sueña con prepararle
baños de espuma, secarle suavemente los pies con una toalla, prepararle
tragos y servírselos de rodillas en una bandeja o cepillarle el pelo
hasta que el brazo se le duerma. Román, empleado de una empresa de
servicios, 35 años, es un sumiso y busca una pareja que sea su ama y lo
domine en el ámbito privado de su relación. Román está dispuesto a
asumir el papel de esclavo al servicio de su pareja, porque la
dominación sexual es su particular manera de experimentar placer.
La dominación –una práctica que consiste en dirigir o dejarse dirigir
con una connotación sexual–, junto a otros estilos como el bondage –el
arte de realizar ataduras o vendajes sobre el cuerpo para
inmovilizarlo– se agrupan bajo una sola sigla: BDSM (Bondage,
Dominación y Sado Masoquismo). Estos juegos sexuales poco proclamados
públicamente tienen reglas estrictas entre quienes lo practican: todo
debe estar previamente consensuado, no participan menores de edad, no
se debe provocar lesiones; al contrario, deben evitarse a toda costa;
si uno de los integrantes de la pareja dice que no, la práctica debe
detenerse instantáneamente. Desde que internet ha conectado
privadamente a los chilenos, son cada vez más numerosos quienes han
descubierto que necesitan rozar el dolor físico o moral para sentir
placer.
Román descubrió este privado mundo a los 20 años, a través de la
televisión, cuando vio a una mujer vestida con ropa de cuero negro y
botas largas de taco aguja junto a un hombre a quien nombraba como su
esclavo. Esta imagen se convirtió en una fantasía erótica obsesiva.
De ahí en adelante, inició un camino de experimentación con su polola a
partir de las pocas pistas en castellano que encontró en ese momento en
internet. Su novia adoptó el rol de ama y él, de sumiso: “Al principio
yo imprimía historias de dominación femenina y ella las leía mientras
yo la masturbaba. Ella llegaba al orgasmo antes de que yo terminara de
leer la historia… y le fue gustando”, comenta Román.
Comenzaron a disfrazarse en la intimidad de médico y enfermera,
profesor y alumna, jefe y secretaria. En la calle, Román se hacía pasar
por su chofer. Él manejaba y ella iba en el asiento de atrás, sin
mirarlo ni dirigirle la palabra. “Nadie se daba cuenta. Eso era muy
entretenido, porque nos volvía muy cómplices”. O entraban a un
supermercado y él empujaba el carro y ella elegía los productos, como
si Román fuera su empleado particular.
“La finalidad de los disfraces y los juegos de roles era la intensidad
de las sensaciones durante el acto sexual. Y ella sólo en algunas
ocasiones me daba placer a mí, siempre dentro de este juego de ama y
dominado. Muchas veces me dejaba esperando, porque le había abrochado
mal los zapatos o porque le había hecho un trago fome. Yo le suplicaba,
le rogaba que no me dejara así. Si imploraba demasiado, me castigaba el
doble. Y yo no podía pensar en otra cosa que no fuera el momento en que
me levantara el castigo. Porque cuando eso ocurría, el placer era
indescriptible. La energía que se desplegaba era fuera de lo normal.
Por eso ser un sumiso se vuelve una adicción”, describe Román.
Román aclara que con esa novia y otras que ha tenido después intercala
la dominación intensiva con simples masajes de pololo o atenciones
cariñosas, como llevar el desayuno a la cama. “No todos los días es el
show completo”, dice.
Aclara, además, que su personalidad no es servil en el trabajo ni con
sus amistades. “No soy un zombie que dice a todo que sí. Defiendo mis
puntos de vista”, sostiene. Su lado sumiso sólo aparece a puerta
cerrada: “Es como un gran regalo para mi pareja”.
Sus conocidos no saben de sus intereses sexuales. “En Chile nadie asume
que es la mujer la que toma todas las decisiones en la casa. Yo tengo
compañeros de oficina que a fin de mes le pasan todo el sueldo a la
señora. Eso sí que es ser sometido… En la pega doy órdenes, resuelvo
problemas y tengo iniciativa. En cambio, con la dominación femenina me
dejo llevar, me relajo, descanso”.

EL MERCADO DE LA DOMINACIÓN
David Zúñiga tiene 23 años, estudia Derecho y tiene dos tiendas de
artículos sexuales, una en Melipilla y otra en Providencia. Tiene
clientes frecuentes de artilugios para BDSM. “Los más vendidos son las
esposas y los látigos cortos, para una práctica suave. Los equipos
hardcore que más se venden son los trajes de látex, las máscaras de
verdugo e inmovilizadores de mayor tamaño y peso”, describe.
Junto a su polola, Francisca Carrasco, estudiante de Trabajo Social,
crearon estas tiendas hace un año pensando en que serían rentable. Y no
se equivocaron. “Melipilla es un lugar tranquilo, ambos somos de aquí,
pero hay mucho mercado para una tienda de artículos sexuales”, afirma
Daniel.
A sus locales acuden clientes de todos los segmentos socioeconómicos y
de todas las edades. Sin embargo, enfatiza, el BDSM es patrimonio de un
segmento más alto. “Los precios de algunos artículos son muy caros,
como las mesas y las sillas de dominación. Yo no las vendo todavía,
justamente por eso. En Chile se suelen usar camillas de ginecólogos
adaptadas, con correas para los muslos y los tobillos, a veces con un
bozal adherido con una cuerda a la mesa para tapar la boca de la o el
sumiso”, señala. Las sillas de dominación son sillas de montar
ajustadas con cadenas.
Para prácticas menores de BDSM, David vende cadenas con muñequeras de
cuero; tobilleras y collares de cuero ajustable, látigos de distintos
largos, paletas para golpes, máscaras de cuero, similares a las de un
verdugo, con cierres o broches en los ojos y en la boca que cambian
completamente la expresión de una persona.
SANO, SEGURO Y CONSENSUADO
Amo Slayer como quiere ser nombrado, profesional universitario, 48
años; casado y con hijos en el colegio. Sus prácticas BDSM ocurren la
mayoría de las veces fuera de su casa y lejos de su desempeño
profesional, relacionado con empresas de consultoría.
Con su esposa sólo comparte juegos de sadomasoquismo light, como
amarras o azotes suaves. Pero, en conocimiento de su mujer, tiene una
relación permanente con una sumisa, a la que define como amiga, amante
y confidente: “Con ella desarrollamos nuestras actividades en forma
esporádica, dentro de los tiempos que nuestras responsabilidades nos
dejan. Ambos somos ocupados y trabajólicos. Ella es académica y
divorciada. Entre sus clases y vida familiar y cursos de
perfeccionamiento no le queda mucho espacio personal”, escribió por
mail.
En la universidad, a principios de los años 80, Slayer tuvo una polola
que no tenía orgasmos. Una noche, durante una “fantasía de violación”,
logró orgasmos intensos. Esta fantasía la había ideado Slayer,
inspirado en la novela Historia de O, un icono clásico del BDSM, donde
se relatan audaces escenas de erotismo y esclavitud. De ahí en
adelante, Slayer y su pareja se convirtieron sexualmente en amo y
sumisa y se iniciaron en el BDSM: “En ese tiempo había poco material
disponible sobre el tema, porque era considerado una desviación”,
comenta.
Slayer ha tenido suerte. A todas sus parejas les ha gustado por lo
menos la versión más suave del sado. “Con cuidado he introducido el
tema en la conversación y después en la práctica”, explica.
A Slayer le gusta la indefensión: inmoviliza a su sumisa con esposas de
cuero y cadenas; la viste con portaligas, provocativas minifaldas o
atuendos de empleada doméstica. “Una de las cosas que más me excita es
exponerla a situaciones incómodas controladas, como salir a algún
espacio público y obligarla a andar sin ropa interior, incluso quitarle
los calzones con gente mirando desde lejos”, revela.
Casi todos los accesorios que conforman su equipo sado son de
fabricación propia, con materiales que compra en paqueterías o
ferreterías comunes y corrientes. “Uso bolas de goma como mordazas,
rings de goma para pezones, cáncamos y piezas de montañismo para unir
cadenas. “Con un poco de creatividad se puede hacer mucho”, afirma.
Para este hombre que interpreta el papel de amo en las relaciones
sexuales, una cosa es desempeñar un rol y otra muy distinta es tener
conductas destructivas: “Si algo en la relación produce daño real,
físico o psicológico, el tema se salió de control y se puede estar ante
un masoquista o un sádico patológico”.
Slayer establece que no hay un tema de género: en una ocasión conoció a
una sumisa que en su vida pública era miembro del cuerpo directivo de
Amnesty International en su país. Y también a un empresario rayano en
lo despóta, que, en el ámbito BDSM, era declaradamente sumiso.
“En la realidad del grupo que conozco y me relaciono, –unas veinte
personas–, somos gente común y corriente, lo que le quita glamour y
morbo al tema. Los que practicamos BDSM y no tenemos una teja corrida,
sabemos lo que es violencia intra o extra familiar, abuso físico o
sexual y la distinción entre un juego de rol y una violación”, describe.
Asegura que el perfil predominante en el ambiente –no sólo de su grupo–
es el de profesionales entre 35 y 60 años, de estrato medio a medio
alto. “Sin embargo, también he visto empleadas domésticas y hombres
mayores de 70. Tal vez el único filtro real es que se requiere de
cierta refinación e intensidad sexual”, comenta Slayer.
Fernanda es una dominante o ama dentro de las categorías del BDSM, cosa
que se advierte en su actitud extremadamente dura al hablar, su ropa
oscura y su falta de locuacidad. Tiene 32 años y hace cinco, después de
relaciones muy convencionales, se metió en una sala de chat relacionada
con el tema. Y se fascinó. Fernanda dice que se ha relacionado con
distintos tipos de sumisos: serviciales, adoradores y masoquistas. “Yo
valoro la entrega de mi sumiso, porque me está dando un placer muy
intenso. Lo cuido y no puedo hacer nada que no esté pactado con
anticipación. Además, la mayoría de las veces sólo hacemos juegos de
poder psicológico, sin llegar al acto sexual”, declara.
Su rol como dominante o ama no le permite improvisaciones; Fernanda
planifica las sesiones y no ha hecho nada con los sumisos que no haya
probado antes por ella. Por ejemplo, cuando tiene ganas de usar cera de
vela como castigo, primero la deja caer sobre su mano para medir a qué
distancia genera molestia sin hacer daño. O se aporrea con una fusta
para calcular la intensidad de los golpes.
En el BDSM existe una palabra “de seguridad”. Esta palabra, que
generalmente es Rojo o Stop, la pronuncia el sumiso para terminar el
juego. En caso de que el o la sumisa quiera finalizar la sesión y esté
amordazado o amarrado, deja caer algo al suelo, unas tijeras por
ejemplo. Siempre hay tijeras a mano, por la eventualidad de que ocurra
un temblor o un incendio.
Actualmente, son muchas las personas aficionadas a estas prácticas que
se relacionan a través de comunidades virtuales. Las cifras no son
exactas, pero los entrevistados hablan de 300 a 500 personas en todo
Chile. Cada cierto tiempo se juntan en el pub Magenta, ubicado en el
barrio Santa Isabel, donde hacen fiestas temáticas, como la fiesta del
fetiche, en donde todos van con collares, plumas y cadenas; o la fiesta
del vampiro. Estos encuentros son sólo para quienes participan en los
foros virtuales y vean las invitaciones que aparecen en las herméticas
comunidades BDSM de internet.

EL ARTE DE AMARRAR
El bondage, la práctica más suave del BDSM, contempla ataduras, amarras
y mordazas; con cuerdas, cadenas o cintas adhesivas sobre el cuerpo y
la boca, entre dos o más personas. Se practica en una relación sexual o
sólo como un juego de representación, sin sexo de por medio. Lo mismo
ocurre en los demás estilos BDSM.
Marcela González conoció el bondage hace un año a través de un amigo
que estaba haciendo sesiones fotográficas para su página web. Ella
estudia Pedagogía en Danza, tiene 22 años y su pololo no comparte su
interés en el bondage. Aunque Marcela confiesa que en dos ocasiones lo
practicaron sin programarlo. La primera vez, Marcela terminó amarrada a
la cama con unas telas que su pareja guardaba como cachureos. La
segunda vez se dio durante una fiesta temática de la discoteque
Blondie. Marcela llegó esposada y resguardada por su pololo. “A veces
se hacen fiestas de ‘electrodark’ en la Blondie o en el Baleduc, y si
tu pareja te lleva esposada o encadenada significa que eres sólo de
él”, afirma.
Sus encuentros bondage son con amigas y para hacerse fotos. “La
finalidad también puede ser estética. Lo que me gusta es la
desesperación que siento al no estar en pleno dominio de mi cuerpo”,
explica Marcela. “Me encanta jugar a representar un papel de mujer que
sufre. Como sé de maquillaje, me maquillo llorando con lágrimas y cosas
así”.
A Christian Leiva (23), desde niño le gustan las películas de terror
donde salen chicas indefensas, atada de pies y manos, que ven venir a
su captor hacia ellas. “Me producen un extraño placer”, comenta.
A los 12 años empezó a entrar a escondidas a las tiendas de cómics para
hojear revistas japonesas. “Estaba obsesionado con los dibujos de
inocentes chicas encadenadas de las portadas. La lata es que cuando se
daban cuenta de que andaba con uniforme me echaban de la tienda”,
reconoce. Lo que terminó de marcar su actual desempeño sexual fue la
película Átame: “La vi, muy pendejo y dije: ‘¡Esto es lo que me
gusta!’”.
En clases se imaginaba que amarraba a sus compañeras, a la profesora o
a la secretaria del colegio. Ya en la universidad, donde estudió
Computación, creó una página web para organizar una suerte de comunidad
de aficionados al bondage. A su página, totalmente vigente, ingresan
quienes quieren experimentar el bondage o alguna vertiente BDSM. “Hay
gente que combina bondage con sadomasoquismo, pero yo no. No me gusta
hacer sentir dolor a mis parejas”, dice. “Pero siempre ando comprando
cadenas, candados, cuerdas y enganches para el techo o la pared. Hacen
el juego más entretenido”.
Ahora, mientras se desempeña en un call center, está atando todos los
cabos para echar a andar una academia donde enseñará, en tres clases y
a través de exhibiciones didácticas, las técnicas de bondage,
dominación y sadomasoquismo. En la sesión de bondage los alumnos
aprenderán técnicas japonesas de estimulación y de inmovilización y las
técnicas occidentales más usadas, como ataduras y mordazas. En las de
dominación y sadomasoquismo se impartirán consejos prácticos para los
juegos sexuales. A esto se le sumarán demostraciones de uso de látigos,
fustas, paletas e instrucciones para manejar artículos domésticos, como
la cera de vela. Leiva tiene pensado cobrar $ 3.000 por sesión y, por
el momento, él es él único profesor. El lugar físico de las clases será
dado a conocer a quienes se inscriban en la página web de Christian, bondagechile.cl.
