31 de Marzo 2007

Ene 15

Azótame cariño

Bondage, sadomasoquismo y dominación: el placer de dar y recibir dolor en una relación.
En Chile ya hay una academia ad portas y medio millar de personas que se contactan a través de la red con códigos y normas estrictas. También cunden los avisos y, cada vez más, las audaces experiencias personales.

Por Tania Tamayo | Fotografía: Carolina Vargas | Producción: Michelle Gravel | Agradecimientos: Palais Royal | Maquillaje y pelo: Maca Moreno para Tigi.

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Román practica la dominación sexual. Pero él no domina, se deja esclavizar por su pareja. Aspira a darle masajes, acompañarla a vitrinear y convertirse en su chofer privado. Sueña con prepararle baños de espuma, secarle suavemente los pies con una toalla, prepararle tragos y servírselos de rodillas en una bandeja o cepillarle el pelo hasta que el brazo se le duerma. Román, empleado de una empresa de servicios, 35 años, es un sumiso y busca una pareja que sea su ama y lo domine en el ámbito privado de su relación. Román está dispuesto a asumir el papel de esclavo al servicio de su pareja, porque la dominación sexual es su particular manera de experimentar placer.
La dominación –una práctica que consiste en dirigir o dejarse dirigir con una connotación sexual–, junto a otros estilos como el bondage –el arte de realizar ataduras o vendajes sobre el cuerpo para inmovilizarlo– se agrupan bajo una sola sigla: BDSM (Bondage, Dominación y Sado Masoquismo). Estos juegos sexuales poco proclamados públicamente tienen reglas estrictas entre quienes lo practican: todo debe estar previamente consensuado, no participan menores de edad, no se debe provocar lesiones; al contrario, deben evitarse a toda costa; si uno de los integrantes de la pareja dice que no, la práctica debe detenerse instantáneamente. Desde que internet ha conectado privadamente a los chilenos, son cada vez más numerosos quienes han descubierto que necesitan rozar el dolor físico o moral para sentir placer.
Román descubrió este privado mundo a los 20 años, a través de la televisión, cuando vio a una mujer vestida con ropa de cuero negro y botas largas de taco aguja junto a un hombre a quien nombraba como su esclavo. Esta imagen se convirtió en una fantasía erótica obsesiva.
De ahí en adelante, inició un camino de experimentación con su polola a partir de las pocas pistas en castellano que encontró en ese momento en internet. Su novia adoptó el rol de ama y él, de sumiso: “Al principio yo imprimía historias de dominación femenina y ella las leía mientras yo la masturbaba. Ella llegaba al orgasmo antes de que yo terminara de leer la historia… y le fue gustando”, comenta Román.
Comenzaron a disfrazarse en la intimidad de médico y enfermera, profesor y alumna, jefe y secretaria. En la calle, Román se hacía pasar por su chofer. Él manejaba y ella iba en el asiento de atrás, sin mirarlo ni dirigirle la palabra. “Nadie se daba cuenta. Eso era muy entretenido, porque nos volvía muy cómplices”. O entraban a un supermercado y él empujaba el carro y ella elegía los productos, como si Román fuera su empleado particular.
“La finalidad de los disfraces y los juegos de roles era la intensidad de las sensaciones durante el acto sexual. Y ella sólo en algunas ocasiones me daba placer a mí, siempre dentro de este juego de ama y dominado. Muchas veces me dejaba esperando, porque le había abrochado mal los zapatos o porque le había hecho un trago fome. Yo le suplicaba, le rogaba que no me dejara así. Si imploraba demasiado, me castigaba el doble. Y yo no podía pensar en otra cosa que no fuera el momento en que me levantara el castigo. Porque cuando eso ocurría, el placer era indescriptible. La energía que se desplegaba era fuera de lo normal. Por eso ser un sumiso se vuelve una adicción”, describe Román.
Román aclara que con esa novia y otras que ha tenido después intercala la dominación intensiva con simples masajes de pololo o atenciones cariñosas, como llevar el desayuno a la cama. “No todos los días es el show completo”, dice.
Aclara, además, que su personalidad no es servil en el trabajo ni con sus amistades. “No soy un zombie que dice a todo que sí. Defiendo mis puntos de vista”, sostiene. Su lado sumiso sólo aparece a puerta cerrada: “Es como un gran regalo para mi pareja”.
Sus conocidos no saben de sus intereses sexuales. “En Chile nadie asume que es la mujer la que toma todas las decisiones en la casa. Yo tengo compañeros de oficina que a fin de mes le pasan todo el sueldo a la señora. Eso sí que es ser sometido… En la pega doy órdenes, resuelvo problemas y tengo iniciativa. En cambio, con la dominación femenina me dejo llevar, me relajo, descanso”.

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EL MERCADO DE LA DOMINACIÓN

David Zúñiga tiene 23 años, estudia Derecho y tiene dos tiendas de artículos sexuales, una en Melipilla y otra en Providencia. Tiene clientes frecuentes de artilugios para BDSM. “Los más vendidos son las esposas y los látigos cortos, para una práctica suave. Los equipos hardcore que más se venden son los trajes de látex, las máscaras de verdugo e inmovilizadores de mayor tamaño y peso”, describe.
Junto a su polola, Francisca Carrasco, estudiante de Trabajo Social, crearon estas tiendas hace un año pensando en que serían rentable. Y no se equivocaron. “Melipilla es un lugar tranquilo, ambos somos de aquí, pero hay mucho mercado para una tienda de artículos sexuales”, afirma Daniel.
A sus locales acuden clientes de todos los segmentos socioeconómicos y de todas las edades. Sin embargo, enfatiza, el BDSM es patrimonio de un segmento más alto. “Los precios de algunos artículos son muy caros, como las mesas y las sillas de dominación. Yo no las vendo todavía, justamente por eso. En Chile se suelen usar camillas de ginecólogos adaptadas, con correas para los muslos y los tobillos, a veces con un bozal adherido con una cuerda a la mesa para tapar la boca de la o el sumiso”, señala. Las sillas de dominación son sillas de montar ajustadas con cadenas.
Para prácticas menores de BDSM, David vende cadenas con muñequeras de cuero; tobilleras y collares de cuero ajustable, látigos de distintos largos, paletas para golpes, máscaras de cuero, similares a las de un verdugo, con cierres o broches en los ojos y en la boca que cambian completamente la expresión de una persona.

SANO, SEGURO Y CONSENSUADO
Amo Slayer como quiere ser nombrado, profesional universitario, 48 años; casado y con hijos en el colegio. Sus prácticas BDSM ocurren la mayoría de las veces fuera de su casa y lejos de su desempeño profesional, relacionado con empresas de consultoría.
Con su esposa sólo comparte juegos de sadomasoquismo light, como amarras o azotes suaves. Pero, en conocimiento de su mujer, tiene una relación permanente con una sumisa, a la que define como amiga, amante y confidente: “Con ella desarrollamos nuestras actividades en forma esporádica, dentro de los tiempos que nuestras responsabilidades nos dejan. Ambos somos ocupados y trabajólicos. Ella es académica y divorciada. Entre sus clases y vida familiar y cursos de perfeccionamiento no le queda mucho espacio personal”, escribió por mail.
En la universidad, a principios de los años 80, Slayer tuvo una polola que no tenía orgasmos. Una noche, durante una “fantasía de violación”, logró orgasmos intensos. Esta fantasía la había ideado Slayer, inspirado en la novela Historia de O, un icono clásico del BDSM, donde se relatan audaces escenas de erotismo y esclavitud. De ahí en adelante, Slayer y su pareja se convirtieron sexualmente en amo y sumisa y se iniciaron en el BDSM: “En ese tiempo había poco material disponible sobre el tema, porque era considerado una desviación”, comenta.
Slayer ha tenido suerte. A todas sus parejas les ha gustado por lo menos la versión más suave del sado. “Con cuidado he introducido el tema en la conversación y después en la práctica”, explica.
A Slayer le gusta la indefensión: inmoviliza a su sumisa con esposas de cuero y cadenas; la viste con portaligas, provocativas minifaldas o atuendos de empleada doméstica. “Una de las cosas que más me excita es exponerla a situaciones incómodas controladas, como salir a algún espacio público y obligarla a andar sin ropa interior, incluso quitarle los calzones con gente mirando desde lejos”, revela.
Casi todos los accesorios que conforman su equipo sado son de fabricación propia, con materiales que compra en paqueterías o ferreterías comunes y corrientes. “Uso bolas de goma como mordazas, rings de goma para pezones, cáncamos y piezas de montañismo para unir cadenas. “Con un poco de creatividad se puede hacer mucho”, afirma.
Para este hombre que interpreta el papel de amo en las relaciones sexuales, una cosa es desempeñar un rol y otra muy distinta es tener conductas destructivas: “Si algo en la relación produce daño real, físico o psicológico, el tema se salió de control y se puede estar ante un masoquista o un sádico patológico”.
Slayer establece que no hay un tema de género: en una ocasión conoció a una sumisa que en su vida pública era miembro del cuerpo directivo de Amnesty International en su país. Y también a un empresario rayano en lo despóta, que, en el ámbito BDSM, era declaradamente sumiso.
“En la realidad del grupo que conozco y me relaciono, –unas veinte personas–, somos gente común y corriente, lo que le quita glamour y morbo al tema. Los que practicamos BDSM y no tenemos una teja corrida, sabemos lo que es violencia intra o extra familiar, abuso físico o sexual y la distinción entre un juego de rol y una violación”, describe.
Asegura que el perfil predominante en el ambiente –no sólo de su grupo– es el de profesionales entre 35 y 60 años, de estrato medio a medio alto. “Sin embargo, también he visto empleadas domésticas y hombres mayores de 70. Tal vez el único filtro real es que se requiere de cierta refinación e intensidad sexual”, comenta Slayer.
Fernanda es una dominante o ama dentro de las categorías del BDSM, cosa que se advierte en su actitud extremadamente dura al hablar, su ropa oscura y su falta de locuacidad. Tiene 32 años y hace cinco, después de relaciones muy convencionales, se metió en una sala de chat relacionada con el tema. Y se fascinó. Fernanda dice que se ha relacionado con distintos tipos de sumisos: serviciales, adoradores y masoquistas. “Yo valoro la entrega de mi sumiso, porque me está dando un placer muy intenso. Lo cuido y no puedo hacer nada que no esté pactado con anticipación. Además, la mayoría de las veces sólo hacemos juegos de poder psicológico, sin llegar al acto sexual”, declara.
Su rol como dominante o ama no le permite improvisaciones; Fernanda planifica las sesiones y no ha hecho nada con los sumisos que no haya probado antes por ella. Por ejemplo, cuando tiene ganas de usar cera de vela como castigo, primero la deja caer sobre su mano para medir a qué distancia genera molestia sin hacer daño. O se aporrea con una fusta para calcular la intensidad de los golpes.
En el BDSM existe una palabra “de seguridad”. Esta palabra, que generalmente es Rojo o Stop, la pronuncia el sumiso para terminar el juego. En caso de que el o la sumisa quiera finalizar la sesión y esté amordazado o amarrado, deja caer algo al suelo, unas tijeras por ejemplo. Siempre hay tijeras a mano, por la eventualidad de que ocurra un temblor o un incendio.
Actualmente, son muchas las personas aficionadas a estas prácticas que se relacionan a través de comunidades virtuales. Las cifras no son exactas, pero los entrevistados hablan de 300 a 500 personas en todo Chile. Cada cierto tiempo se juntan en el pub Magenta, ubicado en el barrio Santa Isabel, donde hacen fiestas temáticas, como la fiesta del fetiche, en donde todos van con collares, plumas y cadenas; o la fiesta del vampiro. Estos encuentros son sólo para quienes participan en los foros virtuales y vean las invitaciones que aparecen en las herméticas comunidades BDSM de internet.

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EL ARTE DE AMARRAR

El bondage, la práctica más suave del BDSM, contempla ataduras, amarras y mordazas; con cuerdas, cadenas o cintas adhesivas sobre el cuerpo y la boca, entre dos o más personas. Se practica en una relación sexual o sólo como un juego de representación, sin sexo de por medio. Lo mismo ocurre en los demás estilos BDSM.
Marcela González conoció el bondage hace un año a través de un amigo que estaba haciendo sesiones fotográficas para su página web. Ella estudia Pedagogía en Danza, tiene 22 años y su pololo no comparte su interés en el bondage. Aunque Marcela confiesa que en dos ocasiones lo practicaron sin programarlo. La primera vez, Marcela terminó amarrada a la cama con unas telas que su pareja guardaba como cachureos. La segunda vez se dio durante una fiesta temática de la discoteque Blondie. Marcela llegó esposada y resguardada por su pololo. “A veces se hacen fiestas de ‘electrodark’ en la Blondie o en el Baleduc, y si tu pareja te lleva esposada o encadenada significa que eres sólo de él”, afirma.
Sus encuentros bondage son con amigas y para hacerse fotos. “La finalidad también puede ser estética. Lo que me gusta es la desesperación que siento al no estar en pleno dominio de mi cuerpo”, explica Marcela. “Me encanta jugar a representar un papel de mujer que sufre. Como sé de maquillaje, me maquillo llorando con lágrimas y cosas así”.
A Christian Leiva (23), desde niño le gustan las películas de terror donde salen chicas indefensas, atada de pies y manos, que ven venir a su captor hacia ellas. “Me producen un extraño placer”, comenta.
A los 12 años empezó a entrar a escondidas a las tiendas de cómics para hojear revistas japonesas. “Estaba obsesionado con los dibujos de inocentes chicas encadenadas de las portadas. La lata es que cuando se daban cuenta de que andaba con uniforme me echaban de la tienda”, reconoce. Lo que terminó de marcar su actual desempeño sexual fue la película Átame: “La vi, muy pendejo y dije: ‘¡Esto es lo que me gusta!’”.
En clases se imaginaba que amarraba a sus compañeras, a la profesora o a la secretaria del colegio. Ya en la universidad, donde estudió Computación, creó una página web para organizar una suerte de comunidad de aficionados al bondage. A su página, totalmente vigente, ingresan quienes quieren experimentar el bondage o alguna vertiente BDSM. “Hay gente que combina bondage con sadomasoquismo, pero yo no. No me gusta hacer sentir dolor a mis parejas”, dice. “Pero siempre ando comprando cadenas, candados, cuerdas y enganches para el techo o la pared. Hacen el juego más entretenido”.
Ahora, mientras se desempeña en un call center, está atando todos los cabos para echar a andar una academia donde enseñará, en tres clases y a través de exhibiciones didácticas, las técnicas de bondage, dominación y sadomasoquismo. En la sesión de bondage los alumnos aprenderán técnicas japonesas de estimulación y de inmovilización y las técnicas occidentales más usadas, como ataduras y mordazas. En las de dominación y sadomasoquismo se impartirán consejos prácticos para los juegos sexuales. A esto se le sumarán demostraciones de uso de látigos, fustas, paletas e instrucciones para manejar artículos domésticos, como la cera de vela. Leiva tiene pensado cobrar $ 3.000 por sesión y, por el momento, él es él único profesor. El lugar físico de las clases será dado a conocer a quienes se inscriban en la página web de Christian, bondagechile.cl.